Crónica del Encuentro Nacional de Juventudes por los Derechos Humanos 2017

Emiliano Zizumbo

Despegué un soleado jueves de julio, arropado por un clima cálido subhúmedo tropical de 35°C. Aterricé dos horas después bajo un cielo nublado, frío, gris, y siempre caótico ambiente citadino. Apenas toqué tierra, se dejó venir el chubasco capitalino. “¡Vaya manera tan enérgica y prometedora de llegar a la capital!”, pensé.

Me encontré con Javier en la puerta 6 de la Terminal 1 del Aeropuerto Internacional de la CDMX. Para dimensionar, sólo el terreno del aeropuerto “chilango” es tan grande como todo el centro de la capital de Colima. Entre buena onda y preguntas básicas para conocernos entre ‘compas’, nos encaminamos hacia el sur de la ciudad. Tomamos el metro ‘Terminal Aérea’ y, después de varias estaciones y de dos transbordes de línea, llegamos a la estación de Coyoacán. Javier tenía hambre y nos invitó unos tacos a mí y a otra compa (proveniente de Tabasco) del legendario “Chupacabras” debajo de un puente. Calmamos el hambre y seguimos el camino. Javier, además de introvertido y alegre, es sociólogo por la UNAM en proceso de terminar su doctorado, curiosamente en asuntos relacionados con el derecho a la tierra y el maíz, digo curioso pues tuve el orgullo de representar al Frente en Defensa del Maíz de Colima en este Encuentro de Juventudes. Finalmente tomamos un taxi y llegamos a “El Altillo”, un antiguo convento que el día de hoy es utilizado para actividades y foros en pro de los derechos humanos. “¡Por fin se le dio un uso productivo a una institución eclesiástica!”, me dije agradecido.

Ahí, entre Avenida Universidad y Miguel Ángel de Quevedo fue la sede para nuestro encuentro de jóvenes activistas y luchadores sociales organizado por el Instituto Fray Francisco Vitoria. Sí, también yo me pregunté qué tan ‘jóvenes’ eran esos supuestos jóvenes del Encuentro Nacional de Juventudes por los Derechos Humanos. Me instalé en mi respectivo cuarto y salí a saludar a René, que llegó antes que yo, originario de Guerrero con una personalidad seria, humilde y apacible. Bajamos a cenar pan con café mientras escuchaba lo que se vive en su tierra: el levantamiento de autodefensas en su municipio el año anterior, la inseguridad y limitaciones con las que sobreviven, me platicó también un poco más de su familia y su vida diaria. En este tipo de escenarios es donde uno se da cuenta que hay luchas aún más complicadas que las que vivimos en nuestro estado y, que a pesar de las adversidades, siempre vale la pena levantarse cada día buscando un mejor futuro para la comunidad.

Al día siguiente -después de un buen desayuno-, comenzaron las actividades a las 10 de la mañana. Me enteré que el límite de edad para participar en el Encuentro era de 29 años. Así que éramos aproximadamente 30 jóvenes de entre 18 y 29 años reunidos. A cada uno le tocó el turno de presentarnos, diciendo nuestro nombre, origen y movimiento en el que participamos en nuestra comunidad. Eran notablemente más mujeres que hombres, la gran mayoría de estados del sur y centro del país, y las causas eran muchas: derecho a la tierra, a la migración, el aborto, el feminismo, el indigenismo, la soberanía alimentaria y los derechos humanos fueron algunos de los temas que se discutieron por parte de los compañeros. Nos observamos como mexicanos de otras geografías a través de una dinámica en la que cada quien explicaba lo que sucede el día de hoy en su tierra y las acciones que llevamos a cabo como jóvenes activistas. Al avanzar la charla tuve la oportunidad de hablar a grandes rasgos sobre nuestro Frente, las actividades que realizamos con anterioridad, sobre el Festival que se celebra anualmente en conmemoración del Día Nacional del Maíz en el mes de septiembre, nuestra relación con la comunidad de Zacualpan, los conflictos con las minerías y el tema del agua.

Fue enriquecedor escuchar la lucha que cada uno hace en su comunidad. Llegamos a conclusiones sobre la inclusión de la mujer en el dominio territorial, donde identificamos al cuerpo como primer territorio, así como la necesidad de generar una propiedad colectiva del territorio pues debemos defender para heredar a las siguientes generaciones la tierra que aún poseemos. Crear empatía entre la juventud sobre los problemas de nuestro país. Por otro lado, discutimos sobre los procesos organizativos de los movimientos, en donde debe existir urgentemente un diálogo intergeneracional, no un relevo, pues no vamos sustituir a nadie, sino articular entre los distintos miembros de distintas edades un nuevo diálogo para llevar a cabo nuestros objetivos; Jesús Ramírez Cuevas y Mariana Mora, activistas de trayectoria larga en movimientos sociales, nos acompañaron y compartimos una charla sumamente productiva e interesante.

Para Jesús “el campo es un espacio en destrucción, un territorio en guerra de manera sistemática, el cual se intenta arrebatar a los pueblos, dividiéndolos y generando conflictos entre ellos, implementando una reconolización por medio de políticas capitalistas neoliberales (…) somos los jóvenes quienes debemos asumir la defensa del territorio, creando conciencia con las nuevas generaciones, pensando y planeando a largo plazo, recuperando el diálogo cultural con los viejos (historia, ciclos agrarios), haciendo resistencia civil pacífica, documentando lo que sucede en nuestros pueblos y mostrándolo de manera ágil al mundo a través de las herramientas que nos brindan las nuevas tecnologías, formando asambleas donde haya espacio de discusión y de construcción comunitaria, involucrando estudiantes, padres de familia y sobre todo visibilizando acciones que se llevan a cabo (…) Debemos de dejar de luchar de manera aislada”. Mariana intervino en la charla con dos frases que siempre recordaré: “la defensa de los recursos es la defensa de la vida” y “el acto de violencia hacia una mujer es un acto de violencia hacia su pueblo.”

La última sesión del día fue una clase sobre los derechos humanos y los procesos de exigibilidad de los mismos en el ámbito social, jurídico, político e internacional dentro del Estado. Debemos documentar todos los abusos y su proceso legal, dar difusión y comunicarlo para crear una memoria de los hechos y la lucha, para obtener así: verdad, justicia, no repetición, rehabilitación, reparación, desagravio, satisfacción y transformación para poder seguir adelante.

El segundo y último día de actividades del Encuentro Nacional de Juventudes se llevó a cabo en el Centro Universitario de Cultura de la Universidad Nacional Autónoma de México y tuvo la participación de la Escuela de Derechos Humanos del Instituto Fray Francisco Vitoria, en el que pudimos discutir por medio de una dinámica de lluvia de ideas, posiciones y opiniones sobre temas diversos. Uno de ellos, “¿Cómo participan políticamente los jóvenes?” tuvo un gran número de opiniones, donde se mencionaron acciones como: apropiación y construcción de derechos,  la innovación, generando encuentros en construcción de espacios empáticos e inclusivos, transmitiendo el sentimiento de la injusticia, criticando y cuestionando nuestra posición en el mundo, exigiendo, dignificando, votando, militando, creando lazos solidarios con arte y cultura y a través de grupos contraculturales. En otro de los temas, coincidimos en que las intersecciones nos sirven para reconocernos como colectivos, luchas sociales y movimientos atendiendo las diferentes realidades (identidad, ideología, perspectiva de género), también para buscar posturas para un bien común, creando redes con otros colectivos a través de una aceptación como individuo, la autocrítica y la crítica externa. Identificamos, además, herramientas para vincularnos, como son la apropiación de espacios culturales, deportivos y digitales; la comunicación diversa, afectiva y empática; los mapeos, las metodologías en los procesos y fomentando seguridad y confianza entre nosotros.

Concluimos el encuentro compartiendo las acciones a futuro e invitaciones para asistir a eventos de los respectivos frentes y colectivos, esperando a través de ello dejar sembrada la semilla que nos siga uniendo y manteniendo en comunicación. Volví a Colima con la esperanza renovada y las ilusiones vivas, con la cabeza llena de ideas y el corazón repleto de sentimientos. Dalí en su momento dijo que la mayor desgracia de la juventud actual era ya no pertenecer a ella, y algo tiene de verdad su sentencia, afortunadamente, este viaje me dejó claro que aún estamos juntos, solo hace falta reencontrarnos.

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