El día que apagaron la luz

Hace poco más de 5 años hubo mucha luz en una de las instituciones más oscuras de Colima. Ese tipo de luz que ilumina por dentro a las personas, que alimentan la idea de que un mundo mejor es posible. Pero algo pasó, eso que siempre pasa cuando, repentinamente, todo se apaga, no de manera definitiva, pero se apaga.

Era junio de 2012 y en la Universidad de Colima, en los pasillos de diferentes facultades se decían cosas, se rumoraban otras, pero lo cierto es que en el ambiente flotaba un viento raro.

Eran tiempos estudiantiles, tiempos de juventud con esperanza y con la firme convicción (otra vez) de que los cambios siempre añorados se encontraban a la vuelta de la esquina y había que encontrarlos, caminar hacia ellos y abrazarlos.

De la noche a la mañana, el centro político de esa casa de estudios, el edificio de la rectoría, que es el monumento al control férreo y totalitario en la Universidad, era tomado por una veintena de rostros que expresaban nerviosismo, arrojo, duda, pero sobre todo, estaban cargados de convicciones.

La estructura universitaria tan autoritaria y controladora se vio envuelta en un aprieto que no sabía muy bien cómo afrontar, acostumbrada siempre a ordenar y a recibir obediencia. Un grupo en principio de 20 estudiantes confrontaban a la cerrazón de la única manera que sabían: con ideas. Cuando se utilizan las ideas como bandera, resultan una herramienta poderosa que pone a temblar a toda autoridad que carece de ellas.

Inmediatamente se armaron las tiendas de campaña salidas de quién sabe dónde y se instaló el campamento del Movimiento Estudiantil Disidente. Los medios de comunicación acudían con su coro de clics y flashazos, haciéndose presentes principalmente por dos razones: por consigna de la autoridad para denostar a esos “jóvenes revoltosos que generan inestabilidad” o por curiosidad y de paso cubrir su cuota de notas diarias.

Foto: Alejandro González

Había desde luego otros visitantes: profesores que veían con asombro la iniciativa estudiantil; por otro lado, estudiantes ajenos al movimiento de manifestantes, curiosos y en su mayoría empáticos. Efectivamente, algo pasaba en la universidad, se había encendido el interruptor, se estaba encendiendo la luz.

Esa veintena de rostros pasaron a ser treinta, cincuenta, cientos, de manera esporádica. El campamento era ocupado y relevado, mientras unos tenían tiempo libre, los otros acudían a clases. Así se mantuvo con vida creciente el centro de operaciones de la rebeldía estudiantil organizada.

Las exigencias de la luz: autonomía en la organización estudiantil para dar la espalda a la corrupta, priista y alienante Federación de Estudiantes Colimenses; reducción de salarios de altos funcionarios administrativos y reducción de cuotas; Creación de una nueva Ley Orgánica y participación efectiva de los estudiantes en la toma de decisiones; y la más polémica, la renuncia del entonces rector, quien al mismo tiempo era candidato para una diputación federal bajo las siglas del PRI, desde luego. “Lo que no está prohibido está permitido”, decía para defender su candidatura desvergonzada, arropándose en una Ley orgánica obsoleta con más lagunas que Minesota.

La respuesta de la oscuridad: intimidación sistemática a las y los manifestantes, instalación de cámaras de vigilancia y micrófonos en la rectoría; espías en la azotea del edificio que desde ese punto, fotografiaban cual francotiradores al campamento; notas en los medios para desprestigiar un movimiento auténtico; restricciones a la entrada de los campus con guardias que pedían identificación a cualquier estudiante y un largo etcétera.

La estrategia de la luz: Se comenzó una serie de actividades que impregnaron de más autenticidad y legitimidad al campamento rebelde de estudiantes. Aun recuerdo las lunadas que se hacían en la explanada de rectoría. Todos con mantas a modo de colchoneta ocupando el área verde, escuchando poesía, lecturas de propuestas de organización, canciones, documentales. ¡Era nuestra universidad carajo! Y la estábamos haciendo en verdad nuestra.

Entonces, el centro político y autoritario de la Universidad de Colima estaba siendo disputado y en lapsos ganado por las ideas, los sueños, las utopías y la convicción de que nos merecíamos, todas y todos, una nueva forma de aprender, de estudiar, de participar, de ser y de hacer. En esas noches de encuentros entre decenas y decenas de estudiantes unidos por la camaradería no había oscuridad, la noche brillaba.

Se escribían panfletos como en décadas pasadas llenas de gloria, se imprimía en la medida de las posibilidades “El Clandestino”, pequeño boletín con el rostro del Che como portada, se rayaban mantas con frases inspiradas en la esperanza, en la rebeldía, el la sed de cambio, mantas que decoraban el campamento.

Se respondía con planteamientos, con demandas que cualquier padre y madre de familia estaría de acuerdo en firmar y apoyar. Se mostraban argumentos en cada entrevista para los medios, se le decía a la autoridad: Somos estudiantes, sabemos lo que queremos, estos somos y aquí estamos.

La estrategia de la oscuridad: La autoridad universitaria sudaba, se ponía nerviosa y a usanza del sistema podrido trataba de comprar voluntades con becas, con movilidades al extranjero, trataba de una y mil formas de desarticular lo que se estaba construyendo.

Al final lo logró, esa una y mil formas le resultaron, desarticularon y el plantón llegó a su fin, con el engaño y la promesa de acuerdos, desde luego incumplidos. Con el paso de los días después de levantado el campamento, como aquel momento en que se armó, así de repentino, llegó el día que apagaron la luz.

Al escuchar una canción de Charly García con el mismo titulo que lleva este texto, me di cuenta de que la mayoría de esos compañeros y compañeras que vivimos todo aquello como una vorágine de transformaciones de nuestra conciencia, seguimos estando, unos menos que otros, pero seguimos.

“Llegará el día en que estemos juntos y haremos todo para este mundo” dice en su canción el cantante argentino. Es lo que espero, que los contextos con aires de cambio nos vuelvan a reunir y a tomar la bandera de las ideas contra la cerrazón y el cinismo.

Espero que volvamos a coincidir y a soñar a pesar de todo. Sería bueno que nuevamente estemos convencidos de que ahí, a la vuelta de la esquina está la luz. Espero que juntos, más temprano que tarde, en otra aventura cargada de sueños, activemos el interruptor.

 

Acerca de Jonathan Núñez 10 Articles
Miembro del equipo editorial del proyecto periodístico Ojalá Prensa Libre. Envíale tus comentarios a jncrevolucion@gmail.com

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