El asalto al Palacio Nacional de los itamitas; la nueva clase mantenedora

(Primera de dos partes)

Una de las características que dieron estabilidad al régimen político mexicano durante muchos años fue la circulación de la clase mantenedora a cargo de las dependencias gubernamentales, de las empresas paraestatales y del Banco de México. Eran tiempos en que los miembros del partido-Estado (PRI) ocupaban las responsabilidades de gobierno en sus tres niveles y las representaciones populares, el resto de los partidos tenían, unos, una estructura débil para contender y otros, eran de simple oropel. Las elecciones eran un ritual sin competencia. La legitimidad, entendida como la aceptación de las acciones gubernamental, no emanaba entonces de los procesos electorales que, aunado a lo anterior, estaban en manos del ejecutivo federal y por ende, del partido-Estado, sino de la estabilidad económica y el mejoramiento social. En esos años la economía llegó a crecer un 7 por ciento del PIB. Fue una época de vacas gordas conocida como el Milagro Mexicano.

Desde nuestro entender, para el crecimiento económico, la circulación de los miembros de la clase mantenedora fue fundamental. Cada sexenio, en el imaginario y en la vida cotidiana de la gente, se generaba fuertes expectativas por mantener o mejorar lo obtenido; había pluralidad de visiones existentes en el comando gubernamental; no había un decálogo económico. La formación académica de la gran mayoría de ellos la habían obtenido en la UNAM y disfrutaban de un pensamiento abierto de corte liberal que se combinaba con la procedencia clase mediera de varios de ellos, cuya mejora social se daba en el marco de los regímenes posrevolucionarios.

Todos estos factores contribuyeron a que el interés principal de la gestión gubernamental fuera la promoción de la movilidad social y la generación de infraestructura para el desarrollo industria, todo a la sombra de las corrientes político ideológicas presentes en la Revolución Mexicana, entre ellas el pensamiento liberal-conservador, el jacobinismo y agrarismo, la confluencia de estas últimas quedó establecida en los aparatos de Estado, durante la institucionalización de la Revolución, dando origen al llamado nacionalismo revolucionario, siendo más tarde fuertemente influido por el pensamiento de John Maynard Keynes cuya teoría hace énfasis en la importancia del gasto público para generar efectos multiplicadores positivo en la generación del empleo. Fue esta composición social, política e ideológica de la clase mantenedora y su circulación sexenal la que permitió los cambios de matices o de modelo en la política económica y la estabilidad política requerida, que de manera errónea analistas estadounidenses le dieron el rango de teoría al bautizarla como “Teoría del Péndulo”.

Los egresados de instituciones educativas privadas que ofrecieron la licenciatura en Economía bajo la guía exclusiva del pensamiento clásico liberal, se mantuvieron al margen de los aparatos de Estado por cuestiones doctrinarias. Entre las instituciones privadas estaban, principalmente, el Tecnológico de Monterrey, que abrió sus puertas en 1943 impulsado por el grupo Monterrey y su patriarca Eugenio Garza Sada, y el Instituto Tecnológico de México formado en 1946 por banqueros e industriales, a cuya cabeza estaba Raúl Bailleres, ambas instituciones receptoras del fundamentalismo económico liberal en tiempos de un mundo plural ideológicamente hablando. Son tiempos en que era común los gobiernos con diferente signo ideológico: liberales, conservadores, laboristas, socialdemócratas, socialistas y comunistas.

La pérdida de dinamismo económico mundial en la década de los sesentas refuerza, en todo el orbe, el pensamiento liberal decimonónico que permaneció en estado de latencia como resultado de la hegemonía del pensamiento Keynesiano. Bajo la crisis se da el despertar mundial de los sostenedores de este pensamiento; el capital financiero reestructurará los organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial para imponer su política económica, también hará una operación quirúrgica del Estado para ponerlo acorde a los requerimientos mediatos e inmediatos del capital que reclama una ingeniería social.

Los liberales con su actuar dejan en claro que son estatistas por naturaleza, a contra pelo de su decir, pues necesitan del Estado para alcanzar sus fines, y de un nuevo timón -nueva clase mantenedora-  cuyos integrantes compartan el pensamiento único -el pensamiento liberal-. No importa ya la circulación de la clase mantenedora, pues sólo así se garantiza la permanencia del liberalismo. Los integrantes del nuevo timón egresarán de las instituciones educativas privadas que para tal fin se reorganizan. Inicia de esa manera la guerra de posiciones para el asalto a los aparatos del Estado.

En México, a partir de la ruptura entre el Estado y empresarios, en el gobierno de Echeverría, las instituciones educativas privadas en manos de los grupos empresariales las reforzarán económica y educativamente, con la finalidad de formar en sus aulas los  futuros “think tanks” para asaltar los aparatos de Estado, principalmente donde está la dirección económica, en tanto centros del ejercicio del poder, para desde ahí iniciar el desmantelamiento del Estado posrevolucinario y la construcción del Estado neoliberal.

El Instituto Tecnológico de México – conocido como ITAM- será el principal “bunquer” que forma y agrupa a la futura clase mantenedora educada en el fundamentalismo liberal. Sus egresados habrán constituido, para finales del siglo XX y principios del XXI, un grupo homogéneo y monolítico, conocidos como; “la mafia Itamita”.

El autor es catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad de Colima. Envía tus comentarios a ojalaprensalibre@gmail.com

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